La Coctelera

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La libertad como nación

Estoy convencido de que es saludable ser impertinente. Otra cosa es que resulte posible porque, si miramos a nuestro alrededor, parece que el sentimiento de pertenencia a un grupo es un refugio cálido para la debilidad de la razón o los desasosiegos que produce su ejercicio. Y si contemplamos no solamente el presente, sino también el pasado -ya que tiene razón Berlin al asegurar que no se puede hablar de renacimiento del nacionalismo porque nunca ha muerto- repararemos en un amplísimo consenso acerca de la vieja afirmación de Herder. Pertenecer a un pueblo es una necesidad humana.

Herder, en contra de lo que a veces predican algunos diletantes ilustrados, no era un visionario impresentable. Creía en la autonomía del hombre pero, convencido al mismo tiempo de los límites de la abstracción, proponía como remedio la necesidad de pertenencia a una cultura. El propio Berlin, reivindicando de alguna manera su figura, asegura que la individualidad racional puede resultar altamente destructiva si no está, según sus propias palabras, "situada".

La cuestión -y a mi modo de ver el problema- es cómo determinar qué pueda contener aquella cultura o cómo "situar" adecuadamente al ciudadano. Porque si nada estaría más alejado de la verdad que tachar a Berlin de nacionalista -Berlin entiende que el nacionalismo es una perversión, una "exaltada condición de la conciencia nacional"- sí considera ésta como la construcción simbólica en la que subyacen los contenidos de la identidad.

¿Qué podría contener la identidad vasca? ¿Acaso la raza? Imposible, no resiste el más elemental análisis. La raza es un continente sin contenido, un renglón para una clasificación a todas luces contradictoria e inconsistente. Cuando en el País Vasco se hace alguna referencia a la raza, como por ejemplo cuando se alude a las "peculiaridades" del factor RH, en el propio ridículo de estas afirmaciones se encierra el descrédito. Volviendo la vista atrás, cuando en 1914 el compositor donostiarra José María Usandizaga estrenaba en Madrid Las golondrinas, con un resonante éxito que confirmaba una prometedora trayectoria truncada por la muerte temprana, la prensa nacionalista no pudo contener su furor. Apegada a lo que se dio en llamar "renacimiento cultural vasco", y además de resaltar cruelmente su cojera y su palidez (como hiciera, por cierto, Baroja, autor de vasquidad jamás puesta en duda), la prensa nacionalista le reprochó haber abandonado "los ensueños vascos de sus abuelos" para hacer música extranjerizante. Pero, casi de modo arquetípico para la mayoría de los vascos, Usandizaga tenía un abuelo italiano y una abuela francesa. Don Miguel de Unamuno, al leer que en Caracas se había instituido un importante premio para quien demostrara la existencia de la raza vasca, escribió a Pedro Eguillor, que estaba dispuesto a triplicar la dotación a quien lograra demostrar que todos los vascos pertenecían a una misma raza. No tuvo que entregar el dinero.

Martínez Sierra, libretista de Las Golondrinas, tuvo la humorada de decir a los periodistas, cuando preguntaban a Usandizaga sobre aquellas polémicas, que el músico guipuzcoano no quería hablar porque le daba vergüenza su marcado acento vasco. ¿Estará la identidad por ese lado? Uno de los elementos que, por su particularidad, aparece en todos los catálogos es el idioma, el euskera, una lengua complicada y de origen discutido que habla menos del 25% de la población. Es, desde luego, una lengua no románica, es decir, en absoluto presente en los modos y maneras de las sociedades del entorno vasco, al margen de algunos intercambios menores.

Lo cierto es que el primer nacionalista no puso un énfasis extremo en la consideración de la lengua como característica determinante de la nación o de la identidad nacional. Sabino Arana, fundador del nacionalismo vasco, compitió con Unamuno por una cátedra de euskera que ninguno de los dos obtuvo, reaccionó contra él cuando Unamuno -convencido de que las lenguas eran organismos vivos que, como los seres biológicos, nacen, crecen y mueren- profetizó la desaparición del vascuence, y hasta estableció complicadas reglas ortográficas e inventó raros neologismos. Hizo todo eso pero entendía que eran rasgos más importantes, y en verdad definitivos, la raza o incluso una determinada concepción de lo religioso o tradicional que la industrialización comenzaba a poner en peligro. Por ello pensaba Arana, precisamente, que lo pernicioso de verdad era que los "extranjeros" aprendiesen el euskera y contaminasen el país en su propia lengua.

Más adelante, son algunos publicistas empeñados en establecer una identidad que superase el problema expuesto gráficamente con la alusión a los abuelos de Usandizaga y ratificado por la constante inmigración, los que colocan el vascuence por encima de cualquier otra consideración. La teoría pierde fuerza de nuevo hasta que, en los años 60, escritores e intelectuales que pertenecen o están próximos a ETA, y siguiendo tesis como las de Edward Sapir o Benjamin Lee Whorf, afirmarán que la lengua determina la visión del mundo, insistirán en el uso del euskera para la reconstrucción de la nación vasca, y reprocharán al Partido Nacionalista que hubiera abandonado ese fundamental objetivo. Y es paradójicamente cuando la mayoría de ellos han dejado aquella militancia y arrumbado aquellas tesis, cuando los gobernantes de la Comunidad Autónoma y el partido que los sustenta nos dicen, el comienzo de la década de los 80, que bien podríamos pasar diez años sin cultura, sin "otra cultura", pero si en ese plazo no recuperábamos el euskera lo habríamos perdido para siempre. Y con esa pérdida, llegaría la de una visión del mundo específica y propia, un elemento fundamental de la esencia de nuestra personalidad subjetiva.

Al margen de los quiebros del nacionalismo vasco en esta cuestión, me parece evidente que se pueden decir y ver las mismas cosas, desarrollar similares argumentos y tener idénticos sentimientos, en idiomas distintos. Y que, por otra parte, la filología es incapaz de descubrirlos. Países distintos hablan la misma lengua y otras naciones acogen y oficializan varios idiomas. Especialmente paradigmático es, además, el caso vasco, en el que el español ha convivido durante siglos con el euskera. En español se defendieron las instituciones forales y en español nació el nacionalismo vasco. Si se ha impuesto no ha sido por opresión alguna, aunque la haya habido en diferentes períodos, sino por la preeminencia, como en toda Europa, de la cultura elaborada y urbana sobre la rural. A nadie se le ocultará, además, la cotidiana contradicción que supone asegurar que el euskera es parte de nuestra identidad y esencia de nuestra personalidad colectiva y, al mismo tiempo, hablar de "aculturación" por la traducción al vascuence, por ejemplo, de las exitosas series televisivas norteamericanas.

Si afirmo que no podemos aceptar la raza ni el idioma, y si nadie se atreve a incluir entre nosotros la religión como determinante de la nacionalidad, ¿será la tierra una característica de la identidad? Igualmente imposible. Vaya por delante que hasta los paisajes más tópicos son recientes y obra de decisiones arbitrarias, pero, además, la tierra no es nada, aunque no falten nacionalistas que la personifiquen, sin los sujetos que la habitan. Por ello es preciso abandonar el concepto de soberanía territorial, que no tiene justificación ni teórica ni histórica; aborrecer de la expresión "primero la patria, luego los hombres", y defender los derechos individuales y las libertadas ciudadanas.

¿Habrá, sin embargo, una cultura que nos defina? Ya sea entendida como creaciones específicas o como un catálogo de usos y costumbres, tampoco es posible. Toda la civilización se basa en el intercambio y en las influencias mutuas, y cualquier referencia a la cultura como emanación de una determinada personalidad colectiva raya en el ridículo. No creo que ninguno de nosotros podamos "situarnos" con estos elementos. Nos queda, por tanto, o el recurso a la anécdota o el reconocimiento de que el hecho vasco es cambiante y artificial, una construcción histórica que no responde a ninguna esencia, que es obra del desarrollo y de los efectos -previstos e imprevistos- de la voluntad humana y que, precisamente porque podemos cambiarlo acogiéndonos a nuestra libertad, no nos determina en absoluto. Toda esta construcción queda muy bien reflejada, aunque involuntariamente, en una escena de la película norteamericana El pasaje, en la que Anthony Quinn interpreta el papel de un pastor vasco que ayuda a atravesar los Pirineos a la familia de un científico alemán que huye de los nazis. La actriz Kay Lenz interpreta a la hija del científico y, en lo alto de la montaña, dice a Quinn: "Nunca he visto a un vasco…". "¿No?", pregunta éste. Y Kay Lenz continúa: "…pero había oído decir cosas horribles de ellos". "Crea todo lo que le digan", responde el protagonista volviendo los ojos hacia las cumbres.

Suele asegurarse que los nacionalismos parten de un sentimiento de humillación, siempre subjetivo, independientemente de que tenga una base real o irreal. A mí me parece, sin embargo, que en la raíz de estos movimientos sociales tan extendidos está, más bien, una suerte de incapacidad o pereza para superar racionalmente ese estadio de prejuicios, más cómodo, que implica la inconsistencia de las caracterizaciones de la identidad nacional.

Todos, no sólo los nacionalistas, constatamos que el original impulso por mudar nuestro entorno, la sociedad y las instituciones, no tiene su base inicial en poner en juego la pura razón. Como hasta la psicología enseña que la pura razón no es fuente siquiera del interés elemental que pone en marcha el pensamiento, el filósofo alemán Robert Spaemann ha llamado al origen del compromiso político la "facticidad fatal". Esto, que puede verse claramente en el compromiso político "nacional", es también aplicable a otros compromisos, en cuanto todos se orientan hacia situaciones de excepción en las que los prejuicios, a veces incluso eminentemente personales, ponen en juicio la totalidad y lo que debe considerarse como totalidad. Hamlet, que representa bien ese malestar inicial cuando clama "¡Maldición y pesar por haber venido al mundo con la misión de arreglarlo!", mostrará también, comenta el propio Spaemann, que la cuestión de la reflexión sobre el origen es tan paralizadora e irresponsable como preguntarse, al igual que el personaje de Shakespeare, si la decisión que le impulsaba a la venganza partía realmente del espíritu de su padre o de la ilusión de un genio maligno.

La verdadera cuestión es, al contrario, convencerse de que no todo compromiso (independientemente de los fines propuestos) hace razonable a quien lo asume, sino que también puede ofuscar cuando el deseo de "salirse con la suya" es superior al de ver las cosas, y las ideas, tal y como son.

La negativa a analizar críticamente cuanta propuesta puede hacerse para determinar una identidad nacional es la que nos conduce al nacionalismo, no las características propuestas o su situación coyuntural. En esas circunstancias, el único instrumento válido para los nacionalistas es el dirigismo intervencionista que, impidiendo las consecuencias del debate y la libertad, evite a su vez la destrucción de unos contenidos poco razonables y mantenga así la cohesión de un grupo heterogéneo, objetivos que suelen superponerse a las muy mentadas aspiraciones de "construcción nacional".

No hay manera de vertebrar un país con las alusiones a una improbable identidad nacional y, para mantener simbólica y agobiantemente los rasgos preestablecidos hay que acudir a la confrontación de una comunidad controlada y dirigida.

Pero para que entre nosotros se ponga de relieve el drama de una identidad en la que dudosas esencias son mantenidas tan sólo por el dirigismo, podría hablar de España entera, dando la vuelta a los tópicos sobre el País Vasco. Les invito, para ello, a un juego de imaginación.

Imaginen una novela adaptada al cine -una película de esas que ahora utilizan la etiqueta de "cine vasco"- en la que el protagonista pretenda la independencia de Euskadi. Para ello, y mientras vive una apasionada historia de amor, utiliza la violencia y es respondido con la fuerza. Acabará sucumbiendo, pero el guión destacará sus virtudes poniéndose de su lado. ¿Qué reacción produciría entre "bienpensantes" e instituciones políticas españolas?

Ejercitados ya en la ficción, imaginen ahora que el Gobierno vasco permitiera que un empresario privado instalara una tienda junto a su sede oficial para vender, a modo de recuerdo turístico, pasaportes del País Vasco o camisetas con la inscripción "Ciudadano de Euskadi" junto a otros souvenirs de parecida intención.

Piensen, ya habituados al procedimiento, en un presidente de la Comunidad Autónoma Vasca que, en sus documentos e inscripciones, evitara cualquier referencia a España. Y, si se cansan con la ficción, recuerden simplemente lo que ocurre cuando en cualquier rincón del País Vasco se coloca la bandera autonómica sin la presencia de la española.

Pues bien, la película que les ha resumido podía perfectamente ser Lo que el viento se llevó, en la que, a fin de cuentas, todo eso ocurre. La tienda con inútiles pero intencionados pasaportes la vi hace años en la sede del Gobierno de Texas. Poco antes había visto hace años en California un desfile presidido por su Gobernador en el que toda la avenida en la que me encontraba estaba flanqueada exclusivamente por banderas del Estado, y si visitan ustedes la tumba de Jeferson verán que decidió obviar la mención a la presidencia de los Estados Unidos y reseñar para la posteridad únicamente su vinculación a Virginia y a su Universidad.

Ya sé que la intencionalidad de estos supuestos es distinta aquí que allí, pero es precisamente al peso de esa intencionalidad simbólica a lo que quiero referirme. En Estados Unidos esas anécdotas no quiebran la convivencia porque el patriotismo es constitucional y la identidad nacional no es otra cosa que lealtad constitucional. En España, el patriotismo parece demasiado a menudo ser la administración estatal de los símbolos para ocultar la intrínseca debilidad de nuestras pretendidas esencias.

Me parecen alarmantes, por ello, los ejercicios de enfrentar una identidad a otra, oponer esencias a esencias, recurrir al Estado y a la nación española para combatir los nacionalismos periféricos, contemplar en las campañas electorales cómo proliferan, sin contenidos ideológicos serios, los "programas nacionales". Me parece alarmante, en definitiva, que no se acepte que es imposible definir cualquier nación por la raza, la sangre, el territorio, las costumbres, la cultura o la psicología. El concepto de nación de Herder, al que hacía alusión al comienzo, me parece menos justificable que el de Renan que, mediante el principio de concebirla como un resultado y no como una construcción invariable (y con la metáfora del plebiscito cotidiano), trataba, en palabras de Finkielkraut, de reinsertar el concepto en la categoría del Estado liberal y de la razón ilustrada.

Herder, a mi entender, se equivocaba asegurando que los ojos del alma individual debían ser conscientes del reconocimiento del alma colectiva, pero no me parecen muy extraviados sus recelos frente al Estado y su disciplina. Si me niego a que las relaciones interindividuales sean arrebatadas por un vaporoso e inquietante concepto de la comunidad nacional (y aún más por algún mesías interpretando esa suerte de confusión), me opongo igualmente a que la autonomía individual, que considero la única base de la organización política, sea expropiada por la pretendida racionalidad de un Estado que, además de sentirse erróneamente con la información precisa para indicarnos lo conveniente en cada momento, termina siempre por inventarse una simbología sin el menor fundamento racional.

Apareció hace tiempo, en Francia, y seguido de una sonora polémica, el libro Voyage au centre du malaise français de Paul Yonnet. Era la primera vez, me parece, que un sociólogo procedente del 68, con un trayectoria tan clásica como la atención a los fenómenos cotidianos con su famoso libro Juegos, modas y masas, la de los prejuicios marxistas y la presencia habitual en las páginas de Le Débat, defendía tesis que se han calificado de próximas al racismo.

Yonnet no es un simple gritón, pero su última obra me defrauda tanto por la conclusión como por el método. Sorprende, en este sentido, que tras su trayectoria crítica se conforme con la invención de un enemigo a su medida: un antirracismo -en concreto se refiere a la asociación SOS-Racisme-, que habría rescatado de los escombros de la izquierda una concepción diferencialista del mundo en la que la lucha de razas sustituye a la lucha de clases. Pero el horror al racismo convive perfectamente con el rechazo a la falacia del "relativismo cultural" y el verdadero enemigo de Yonnet sería lo que los franceses llaman "integración republicana": a un emigrante sólo se le pide que renuncie a aquello cuya renuncia se exige también a los franceses: lo que atente contra las libertades y los derechos humanos.

La conclusión de Yonnet, por otra parte -y el peligro parece evidente- es que la pretendida "identidad francesa" que trata de perpetuar define lo que llamaríamos "el buen francés", con su nómina de costumbres, apriorismos religiosos, ideas… El siguiente paso sería el del Frente Nacional: si la "asimilación" es imposible, la emigración debe ser prohibida. Esta suerte de totalitarismo xenófobo olvida, claro, que el rechazo al racismo no se basa en la igualdad de las comunidades -¿qué son las comunidades raciales?-, sino en la igualdad de los hombres. Yonnet, como tantos otros, a fuerza de querer salirse con la suya, ha dejado de ser razonable.

Vuelvo a mi país y al carácter distorsionante y desintegrador de la tantas veces citada "identidad nacional vasca". Han sido frecuentes las imposiciones de determinadas maneras de ser "verdaderamente vascos" o "buenos vascos", arrojando a las oscuridades del infierno a quienes no compartían el modo de ver las cosas de los predicadores. Cuando se ha utilizado el truco desde los poderes públicos o sociales, la confusión degenera en batallas por ser más o menos vasco que el vecino.

Pero no es este un modo exclusivo del nacionalismo. El modo "vasquitivo" (que coexiste con el indicativo, el imperativo…) es moldeable y cada vez son más los que lo emplean a su antojo revelando hasta qué punto la simbología nacional cae sobre nosotros como una losa. Y hasta qué punto también se aleja de nuestro horizonte una construcción razonable de las relaciones humanas y políticas. Pondré algunos ejemplos anotados durante el secuestro por ETA del empresario guipuzcoano Julio Iglesias Zamora. El comunicado de condena de la asociación Gesto por la Paz aseguraba que el acto terrorista era "una muestra más del carácter estrictamente mafioso y antivasco". Un portavoz del PP aseguraba poco después que su partido representaba "la forma sensata de ser vasco". El vicepresidente del Partido Socialista de Euskadi declaraba a un periódico que "los de HB son indignos de considerarse vascos". Es decir, ser vasco implicaría una dignidad especial, una calidad moral que cada uno puede definir, una forma de comportarse. Quien se aleje de los parámetros fijados no sería un hombre -o, en su caso, un político- amoral, inmoral o indigno, sino "indigno de considerarse vasco", "vasco de manera insensata" o "antivasco". Es algo así como luchar contra la apropiación indebida con otra apropiación indebida o, sencillamente, con la estafa. El País Vasco es el paraíso de los Robin Hood que roban identidades a los ladrones de identidades.

Quizá no es ajena a esta paradoja y a esta curiosa competición la asunción de comportamientos extremistas e incluso el hecho de encontrar amplios estratos del mayor radicalismo en zonas de votantes habitadas fundamentalmente por emigrantes de baja posición económica. Desconcertados ante lo que puedan entender los establecidos por "integrarse socialmente" -o intuyéndolo en su estado puro- batallan por ser "más vascos que los vascos".

Lo importante es ser ciudadanos y abandonar la disyuntiva entre la nación vasca y otras colectividades. Buena parte de la que se llama intelectualidad vasca ha pasado de oprimida a pusilánime, y parece incapaz de pensar por sí misma para encerrarse en un cuadrilátero en el que, tan apegados a nuestra situación y tan fascinados en el fondo con el imaginario del nacionalismo, sólo se puede actuar contra él o de acuerdo con él. Nunca por uno mismo.

No será lógico conservar la nación o el sistema si hay que hacerlo a costa de la libertad o, incluso, del debate sereno, de la independencia de pensamiento o del espíritu crítico. Se trataría, por tanto, de potenciar, o simplemente poner en acción, de entre las "identidades personales" que señala Musil en El hombre sin atributos -la familiar, la política, la profesional…- aquella que nos lleva a reírnos de todas las demás, a ponerlas en cuestión, a mirarlas con ironía. En el País Vasco, empeñados en no ser impertinentes de ninguna manera, siempre hay alguna identidad que se toma rigurosamente en serio, que se convierte en dogma y termina por entintar de totalitarismo todas las demás.

Por eso propongo la impertinencia como programa y la libertad como nación. Porque entiendo que solamente se puede comprender la tradición a la manera popperiana, es decir, como un texto arcaico que se propone a la lectura, a la relectura, a la discusión racional y a la transformación permanente. Todo "nosotros" debe ser cuestionado; el historicismo que pretende que las prácticas deban ser enjuiciadas en un determinado contexto debe ser rebatido; y la única pertenencia admisible debe ser algo parecido a lo que Habermas llama "patriotismo constitucional", la decisión de organizarse de una determinada manera basada no en el todo concreto de una nación sino en procedimientos abstractos y siempre abiertos. "Un experimento" llamaba El Federalista a la Constitución de los Estados Unidos aludiendo a una provisionalidad en cuyo seno "la democracia y los derechos humanos -escribe Habermas- constituyen la materia dura en que se refractan los rayos de las tradiciones nacionales".

Hay una curiosa novela de un no menos curioso autor, Trevanian, que se titula El verano de Katya. La protagonista, después de recorrer algunas poblaciones del País Vasco, repasar sus costumbres, comprobar que para decir "tengo sed" empleaban enrevesadas frases llenas de imágenes y circunloquios y que, en realidad, no querían decir que tenían sed sino otras cosas, concluye que "los vascos son gente muy tortuosa". Mi tesis es que se debe creer a Katya y no a Anthony Quinn.

Germán Yanke.

Mujeres VS Cerveza

¿CERVEZA O MUJERES?
Estas invitado a plantear nuevas alternativas.

Una CERVEZA esta siempre mojada. La MUJER no... ¡punto para la CERVEZA!

La CERVEZA es horrible si está caliente... ¡punto para la MUJER!

Una CERVEZA helada te satisface... ¡punto para la CERVEZA!

Si regresas a casa oliendo a CERVEZA, tu mujer puede enojarse. Si llegas a casa oliendo a MUJERES, tu mujer seguro que se enoja y hasta puede dejarte... ¡Empate!... ya que depende del punto de vista.

Diez CERVEZAS en una noche y después no puedes conducir hasta casa. Diez MUJERES en una noche y no hace falta conducir hasta ningún lado... ¡punto para la MUJER!.

Si un policía te siente olor a CERVEZA te puede arrestar, si el policía te siente olor a MUJERES te invita una cerveza... ¡punto para la MUJER!

La CERVEZA cuanto más vieja, es mejor... ¡punto para la CERVEZA!

Muchas CERVEZAS pueden hacerte ver ovnis, muchas MUJERES puede hacerte ver a Dios... ¡punto para la MUJER!

Si te preguntas como será la próxima MUJER eres normal. Si te preguntas como será la próxima CERVEZA eres un alcohólico... ¡punto para la MUJER!

Arrancarle la etiqueta a una CERVEZA es divertido. Arrancarle las braguitas a una MUJER es mucho MUCHO mas divertido... ¡punto para la MUJER!

Por una CERVEZA pagas impuestos al Gobierno... ¡punto para la MUJER!.

Si te tomas otra CERVEZA, la primera no se enoja... ¡punto para la CERVEZA!

Puedes estar siempre seguro de que eres el primero en "destapar" una CERVEZA ... ¡punto para la CERVEZA!

Si agitas una CERVEZA, después de un rato se calma sola... ¡punto para la CERVEZA!

Clara, oscura, en cualquier momento puedes escoger la CERVEZA que quieras... punto para la CERVEZA!

Una CERVEZA sabes exactamente cuanto te va a costar... punto para la CERVEZA!

La CERVEZA no tiene mamá... punto para la CERVEZA!

Puedes hacerlo si quieres, pero la CERVEZA no te pedirá que la abraces durante media hora después de haberla tomado... ¡punto para la CERVEZA!

PUNTUACIÓN FINAL: La CERVEZA le gana a la MUJER (10 a 7)

Si eres una MUJER y en este momento te estas enojando, piensa que la CERVEZA no se enojaría por esta batalla... ¡ Otro punto para la CERVEZA!

MARCADOR FINAL 11 A 7

EL TELEGRAMA

CONDE PUMPIDO SE SALE CON LA SUYA Y OTEGUI SALDRÁ BAJO FIANZA.
Si en la anterior ocasión el juez le puso 400.000€ de fianza y tardó 48 horas en salir, a estas horas estará recogiendo ya el cepillo de dientes.
Señoras y señores, el Estado de Derecho se ha declarado en tregua permanente con los asesinos. Está abierta la veda.
APROBADA LA REFORMA DEL ESTATUTO CATALÁN CON UN 54% DE VOTOS FAVORABLES.
Después de que Zapatero se "borrara" del debate previo a la votación y apareciera casi a las dos de la tarde, para hacerse la foto con Maragall, la Camara Baja ha aprobado por fin uno de los pagos que ha de hacer el Gobierno a sus socios, curiosamente con el voto en contra de uno de ellos, que quería más todavía. Les parecerá una tremenda injusticia que no se hayan a probado hasta las comas del que salió del Parlament. ¿Si no supieran que se iba a aprobar hubieran votado lo mismo?,¡basura!
EL MINISTRO SEVILLA ENVÍA UN MENSAJE CLARO A LOS FUNCIONARIOS.
Quien no se lo curre cobrará menos, y que nadie se crea que tiene el puesto asegurado para toda la vida.
Una de las pocas cosas que se le ha ocurrido al Gobierno con sentido y justicia, apenas tiene repercusión teniendo a la mayoría de los medios de comunicación de su parte.Incomprensible.
EL VILLARREAL SALE VIVO Y COLEANDO DE SAN SIRO.
Y es que el gol tempranero de Forlan, que llegó antes de cumplirse el primer minuto, le dió muchísima confianza al equipo para sujetar con relativa tranquilidad al equipo interista.
Todo se decidirá en El Madrigal. Suerte para los amarillos.
ENDESA PRESENTARÁ EL AVAL DE MIL MILLONES PEDIDO POR LA JUEZ
A ver si termina ya este culebrón del invierno y empieza ya el del verano.¿De qué tratará?.Ya lo veremos.

ADIVINA ADIVINANZA. AGUDEZA VISUAL

¿CUAL DE LAS CHICAS HA IDO DE VACACIONES CON SUS PADRES?

EL ARTE DE LA PUBLICIDAD


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FRASES ENRIQUECEDORAS II

FRASES ENRIQUECEDORAS II

EL SHOWROOM DE LA VICEPRESIDENTA

“... evitarán toda manifestación externa inapropiada u ostentosa que pueda menoscabar la dignidad con que ha de ejercerse el cargo público”.
(Código del Gobierno del Buen Gobierno)

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Después del inolvidable posado de las ministras del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en la exclusiva revista Vogue fueron muchas las mujeres que se sintieron ofendidas en su dignidad.

Pese al escándalo provocado, la vicepresidenta calificó el asunto "poco relevante". "Lo que sí me parece relevante es que hay un Gobierno del que participamos muchas mujeres, más que nunca en la historia", manifestó. Justificó el reportaje diciendo que respondía a "la importante demanda informativa" que ha generado el que por primera vez en España haya un Ejecutivo paritario. "Creo que a un Gobierno hay que juzgarlo por sus actuaciones y el compromiso de este Gobierno, tanto de los hombres como de las mujeres, es luchar por la igualdad, y aún nos
queda mucho camino por recorrer".

El posado se realizó en verano de 2004. Desde entonces, tres mujeres indignadas por la imagen que proyectaron las ministras se pusieron manos la obra y utilizaron sus conocimientos en el mundo de la moda para hacer un seguimiento a la, sin duda, estrella del reportaje en el Vogue:
la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega.

Estas mujeres empezaron a analizar los modelos exhibidos por De la Vega en septiembre de 2004. Dejaron el trabajo, desbordadas por el enorme fondo de armario de la vicepresidenta, en septiembre de 2005. Un año de pasarela. Un año de complementos, abrigos y conjuntos de conocidas marcas. Las conclusiones de su estudio, que hicieron llegar a la redacción de Libertad Digital, demuestran el gusto de la vicepresidenta por la moda:

1. En sólo un año, la número dos de Zapatero exhibió en actos públicos más de un centenar largo de modelos distintos. En pocas ocasiones repite vestuario y en algunos días incluso cambia de indumentaria. Suele utilizar marcas bastante conocidas, en algunos casos muy exclusivas, y perfectamente identificables para cualquier aficionado a la moda de alto standing. Las más
reiteradas son Carolina Herrera, Etro, Purificación García, Felipe Varela, Roberto Verino, Max Mara y Torreta.

2. Su ropa es en muchos casos de estreno, exclusiva y de última temporada. La renovación y exclusividad del vestuario afecta a todo el conjunto: abrigos, traje de chaqueta, calzado, fular, gafas, cartera de mano, pendientes, reloj o broches. Sobre los broches es imposible obviar los incontables modelos de mariposas con los que De la Vega gusta de adornar la solapa.

3. Mención aparte merece el apartado de la ropa de abrigo, no sólo por su número y variedad sino por el precio de las prendas. En el invierno de 2004-2005 lució en actos públicos cerca de una veintena de impresionantes prendas de abrigo.

Código del Buen Gobierno del Gobierno

El 10 de diciembre de 2004, el ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, presentó así las líneas generales de lo que bautizó como Código de Buen Gobierno del Gobierno:

“El Código promoverá la imparcialidad e independencia de los altos cargos del Gobierno, la austeridad en el uso del poder y la transparencia y la igualdad ante la Ley.

Lo anterior se traduce en una serie de medidas como la de dedicación al servicio público (los altos cargos de la Administración General del Estado se abstendrán de aceptar cargos en órganos ejecutivos de dirección de partidos políticos de ámbito autonómico o estatal, con excepción del Presidente, los miembros del Gobierno y los Secretarios de Estado), transparencia informativa (los altos cargos proporcionarán información a los ciudadanos y a los medios de comunicación acerca del funcionamiento de los servicios públicos que tengan encomendados y, cuando realicen campañas de información, lo harán evitando cualquier actuación que las aleje de su contenido informativo) y austeridad en el uso del poder (evitarán toda manifestación externa inapropiada u ostentosa que pueda menoscabar la dignidad con que ha de ejercerse el cargo público).

Prohibición de aceptar regalos o favores. También se establece en el Código la prohibición de aceptar regalos o cualquier favor, préstamo, servicio u otra prestación económica en condiciones ventajosas que, "más allá de los usos habituales, sociales y de cortesía, puedan condicionar el desempeño de sus funciones". Los regalos que no puedan rechazarse, por tratarse por ejemplo de intercambios relacionados con las Relaciones Internacionales, pasarán a ser incluidos en un Registro de Patrimonio
del Estado”.

Meses después, el 18 de febrero de 2005, la vicepresidenta anunciaba de esta forma la aprobación en Consejo de Ministros del famoso Código:

“El Gobierno ha debatido hoy ampliamente y ha aprobado un Programa de Buen Gobierno que comprende un conjunto de medidas de todo tipo, que vienen a dar un impulso definitivo a lo que hemos venido denominando el Código de Buen Gobierno del Gobierno, si me permiten la redundancia de la utilización del término. Ese Plan es una especie de programa de actuación y comprende una serie de medidas que van desde modificaciones de normas preexistentes, por ejemplo, todo lo que tiene que ver con la regulación del régimen de incompatibilidades, a la adopción de otro tipo de normas, no necesariamente con rango de Ley, que, en definitiva, van con el objetivo de poner de manifiesto nuestro compromiso con los ciudadanos, el compromiso de un Gobierno que quiere ser un Gobierno de la proximidad, de la información, de la transparencia en su actuación y de recuperar esa confianza que en algunas ocasiones se ha visto perdida. Éste es un Gobierno que quiere dar ejemplo y estar a la altura de las exigencias de los ciudadanos”.

Y el ministro Sevilla lo confirmaba con estas palabras:

“El Gobierno hoy se ha querido mojar, en el buen sentido del término,con los ciudadanos, dejando evidente su voluntad de que el buen gobierno sea una práctica comprometida y continuada de la acción de este Gobierno. No estamos tratando, por tanto, simplemente de un conjunto de medidas, sino de un programa de actuaciones; no estamos tratando, por tanto, de una norma, sino de un conjunto de normas que van a ir viniendo en lo sucesivo. Creo que, por eso, el Consejo hoy, supongo que no desvelo ningún secreto de las deliberaciones, ha tardado más de lo habitual, porque el nivel de compromiso de todos los Ministros con este programa ha sido intenso y profundo, incluso del propio Presidente del Gobierno”.

MODELOS

En sólo un año, la Vicepresidenta del Gobierno exhibió en actos públicos más de un centenar largo de modelos distintos. En pocas ocasiones repite vestuario y en algunos días incluso cambia de indumentaria. Suele utilizar marcas bastante conocidas, en algunos casos muy exclusivas, y perfectamente identificables para cualquier aficionado a la moda de alto standing. Las más reiteradas son Carolina Herrera, Etro, Purificación García, Roberto Verino, Felipe Varela, Roberto Verino, Max Mara y Torreta. El precio oscila desde las chaquetas de 250 euros hasta los trajes de 1.000 euros.

ABRIGOS

Mención aparte merece el apartado de la ropa de abrigo de la vicepresidenta del Gobierno, no sólo por su número y variedad (Max Mara, Estro, Carolina Herrera...) sino por el precio de las prendas. En este apartado los precios se disparan hasta superar los 3.000 euros en algunos casos. En el invierno de 2004-2005 lució en actos públicos cerca de una veintena de impresionantes prendas de abrigo y chaquetas.

COMPLEMENTOS

La ropa de María Teresa Fernández de la Vega es en muchos casos de estreno, exclusiva y de última temporada. La renovación y exclusividad del vestuario afecta a todo el conjunto: abrigos, traje de chaqueta, calzado, fular, gafas, cartera de mano (a destacar una de Elena Benarroch en piel de cocodrilo que ronda los 3.000 euros), pendientes, reloj o broches. Sobre los broches es imposible obviar los incontables modelos de mariposas con los que De la Vega gusta de adornar la solapa

¡¡CORRE , CORRE!!. ¡¡ESPECTACULAR!!, ¡¡ALUCINANTE!!